Evencio Nicolás Martínez Ramírez era presidente de la entonces Comisión Estatal de Derechos Humanos de Oaxaca cuando la guerra de exterminio, iniciada en 1996 contra los indígenas zapotecos de la Región Loxicha por Diódoro Carrasco Altamirano, cumplía ya dos años. Era su último año como gobernador del estado de Oaxaca.

Aquel domingo 09 de agosto de 1998, muy de madrugada llegaron por mí, me metieron al baño y me dieron la ropa que llevaba cuando fui detenido. Los zapatos, pero no mi dinero. Me dieron un rastrillo para barba, me ordenaron bañarme y rasurar de barba y bigote.

A Edmundo Reyes Amaya me dijeron que le apodaban “El Chaparro” y querían que ante el juez yo dijera que era uno de los jefes del Ejército Popular Revolucionario, EPR. No me sacaron nada. Yo no sabía. No entregué ni una dirección, ni un nombre, ni un teléfono… ni un solo tiro.

Jamás en mi vida me había bañado y rasurado tan rápido.

Ese domingo 09 de agosto de 1998, cuando en el marco del Decenio Internacional de las Poblaciones Indígenas del Mundo, iniciado el día 10 de diciembre de 1994, se conmemoraba el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, yo, atado de los pies y esposado con las manos a la espalda, con una capucha sobre la cabeza y anudada en derredor del cuello era sacado de las mazmorras de la tortura con rumbo desconocido.

Héctor Anuar Mafud Mafud era secretario general de gobierno y seguramente estaban celebrando. Para los políticos hablar sobre los pueblos indígenas, hablar de los indígenas es sólo demagogia. No es casualidad que ahora siga siendo secretario general de gobierno en Oaxaca en el sexenio del hijo de José Murat, Alejandro Murat Hinojosa. Ese viernes 25 de mayo del año 2007, cuando fue perpetrada la desaparición forzada de Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez, era presidente del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca.

Los indígenas somos los chivos expiatorios del sistema, la mano de obra explotable y/o barata, los que saturan las prisiones, los hospitales y los panteones. Somos los desechables del sistema.

Quienes queremos cambiar ese estado de cosas, quienes luchamos por un mundo mejor, enfrentamos toda la fuerza del estado. De este modo la desaparición forzada de Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez no fue un hecho aislado, son responsables también por omisión y/o comisión, Felipe Calderón Hinojosa como presidente de la República y su secretario de Gobernación, Francisco Javier Ramírez Acuña. A nivel estatal, Ulises Ruiz Ortiz como gobernador del Estado y su secretario general de gobierno, Teófilo Manuel García Corpus. El Ejército mexicano sigue siendo intocable.

Era parte de la guerra contra los indígenas Loxicha, como era hace 22 años cuando creí que me presentarían en la Procuraduría General de Justicia del Estado, me equivoqué. Mis torturadores, que me habían desaparecido hacía 25 días, iniciaron una escalofriante carrera rumbo al Istmo de Tehuantepec.

Cuando llegamos a Matías Romero, me bajaron del vehículo, dos torturadores me mantuvieron con la cabeza agachada y un tercero se acercó para decirme:

“¡Si denuncias lo que te hicimos, regresamos por ti, y dile a tu mujer que se deje de pendejadas o se los va a llevar la chingada!”.

Después me entregaron con otros elementos de la Policía Judicial del Estado, fui llevado a una pestilente cárcel municipal donde indígenas oaxaqueños y centroamericanos luchaban por enmascarar el hedor de mierda, orines, vómitos y sangre, quemando papeles.

Poco después fui conducido a la oficina del agente del Ministerio Público, solamente el trámite, todo estaba pactado para enviarme a la prisión regional.

De Evencio Nicolás Martínez Ramírez, presidente de la entonces Comisión Estatal de Derechos Humanos, no podía esperar nada, Evencio estaba a favor de Diódoro Carrasco Altamirano. Había sido impuesto por él, de igual modo como fue impuesto por Alejandro Murat el actual presidente de la Defensoría de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca (DDHPO), Bernardo Rodríguez Alamilla. No ve el desangramiento, la represión, el narco paramilitarismo contra los pueblos indígenas en Oaxaca.

Me dejé caer sobre el duro y roñoso piso en aquella celda de castigo, no tenía ni un hoyo para orinar, pero eso lo resolvería después. Esbocé una sonrisa de triunfo y me estiré todo lo que pude aspirando el aire de la casi libertad, había sobrevivido a la desaparición forzada y la tortura. Era volver a nacer. Otra vez la muerte se quedaba con un palmo de narices.

Estoy seguro que los policías presos de hoy, nunca sentirán el alivio de estar presos y no muertos. Cuando se cumplen 141 años del natalicio del General Emiliano Zapata, yo sí celebro la vida, esa vida que es la esperanza de seguir luchando.

JUAN SOSA MALDONADO

EXILIADO POLÍTICO

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