El ex boxeador Juan Domingo «Martillo» Roldán, figura del pugilismo nacional e internacional en la década del 1980, falleció a los 63 años luego de haber permanecido 10 días internado en la ciudad cordobesa de San Francisco, por complicaciones provocadas por covid 19, ya que era diabético, hipertenso y obeso.

Hace una semana, su familia había informado que Martillo debió ser ingresado en la terapia intensiva del hospital José Bernardo Iturraspe de San Francisco a raíz de una “insuficiencia respiratoria” que estaba directamente asociada a la “neumonía bilateral” que se le diagnosticó tras contraer covid-19.

Roldán nació en la localidad cordobesa de Freyre y fue parte de una época dorada del boxeo argentino. Peleó tres veces por el título mundial de la categoría mediano y se retiró de los cuadriláteros con un récord de 67 victorias, 47 de ellas por nocaut (además tuvo cinco derrotas, dos empates y un combate sin decisión).

Todo comenzó escuchando la transmisión de una pelea por la radio.

El niño había terminado sus tareas de cada mañana en el tambo junto a su padre y su hermano mayor Víctor. Después del ordeñe, que por entonces era manual, llegaba la hora del mate en la rueda de los peones del campo.

Uno de ellos, el más chico, que por entonces tenía 11 años y parecía extasiarse al escuchar las voces de los relatores, pedía silencio pues no se quería perder ningún detalle sobre una pelea que se disputaba en Tokio. Fue la mañana del 12 de diciembre de 1968 cuando Nicolino Locche ganó el campeonato del mundo tras vencer magistralmente a Paul Fujii.

A ese niño fuerte, bien alimentado, criado en la humildad de una familia unida y con tránsito por la escuela primaria, parecía seducirlo más la historia de héroes que los propios héroes ya que los periodistas de la radio lo emocionaban al elevar sus voces con términos tales cómo: histórico, épico, inigualable, epopéyico, maravilloso, inolvidable… Esta experiencia ya la había vivido un año antes cuando Bonavena derrotaba a Karl Mildenberger en Alemania. Y hasta lagrimeaba imaginando el regreso al país de ese campeón a quien esperarían en Ezeiza con la bandera argentina para llevarlo entre la multitud al Luna Park en un carro de bomberos…

El niño proyectaba a través de las voces de la radio su propio sueño: llegar algún día a Freyre su pueblo natal y abrazarse con cada uno de los 5.000 vecinos mostrando su cinturón de campeón.

Sabía que pegaba fuerte pues alguna vez en esas apuestas divagantes de la siesta entre jóvenes ociosos demostró que pudo noquear a un toro pegándole un derechazo en el hocico. Aunque su hazaña más conocida fue cuando aceptó enfrentar al oso Bongo del Circo Monumental que pasó de gira por su pueblo. Juan Domingo Roldán –nacido el 6 de marzo de 1957- tenía 16 años cuando un sábado fue con su hermano Víctor a ver la función de la tarde.

Y mientras desfilaban magos, payasos, ilusionistas, acróbatas y equilibristas, el locutor preguntó si había alguien entre el público que se animara a enfrentar al oso y aguantar seis minutos sin caer. “Yo”, dijo Roldan y bajando de las gradas fue hasta la pista donde se hallaba el oso de 270 kilos junto a su domador.

El éxito fue tan rotundo que a partir de ese instante se mistificó la valentía del peoncito que le aguantó al oso. En realidad, según nos contó Roldan, su mérito fue estratégico pues cada vez que el oso se verticalizaba elevando sus patas delanteras, Roldán le apretaba los testículos y lo hacía desistir de su ataque. Así y todo había que meterse en una jaula con un oso…

Para entonces el dueño del campo había improvisado un precario gimnasio en el cual los Roldán se entrenaban. Y un día cualquiera de 1976 el padre los llevó en el Ford A desde Freyre hasta Fraga, un pueblito vecino, en donde los hermanos pudieron hacer un match exhibición ante los paisanos como parte de un festival de boxeo.

La etapa profesional fue luminosa y ascendente. De tal manera que el periodista Gregorio Goyo Martínez del diario La Voz de San Justo de San Francisco (Córdoba) lo bautizó Martillo, tal la potencia de su pegada. En esas primeras 27 peleas lo dirigió Don Gregorio Yost hasta que en el gimnasio de Amílcar Brusa pasó a las manos de su ayudante Guillermo Gordillo.

Así que Martillo puso en marcha su sueño de héroe. Después de ganar los títulos argentino y sudamericano de peso mediano, Tito Lectoure, el promotor del Luna Park, lo convirtió en su propia causa –ya alejado del grupo Brusa– pues construir la campaña de Martillo y conducirlo hasta hacerle disputar el título mundial era como tener a su propio Monzón quien se había retirado con gloria hacia cuatro años.

Lectoure lo fue cuidando, llevándolo de a poco y eligiéndole prudentemente a cada rival. Soñó que Roldán podría llegar hasta donde llegó Monzón. Pero Monzón y Martillo no tenían puntos en común pues éste era un hombre bien criado y alimentado con más razonabilidad que instinto para quien el rival era un adversario y no un enemigo; por lo tanto perder era una consecuencia y no una vergüenza.

Martillo se consagró internacionalmente cuando fulminó a Frank The Animal Fletcher en el 6° round (10/11/83) en el Caesar’s Palace de Las Vegas. Fletcher, a quien le auguraban un gran futuro, cayó boca abajo tras un derechazo en cross a la mandíbula y pudo ponerse de pie cinco minutos después. Fue la misma noche en la cual Larry Holmes venció a Marvis Frazier por KO.

Ese combate cambió el destino de Roldán, pues con los 180.000 dólares de bolsa que le pagó Bob Arum se compró el campo de 80 hectáreas en el que habían trabajado como peones él, su padre y su hermano Víctor a quien apodaban Tenaza en su breve paso por el boxeo.

Fue en esa época –la de los 80– que la categoría de los medianos, la de Roldán, tenía a los “cuatro ases”, cuatro figuras que hoy casi 40 años después se incluyen en el ranking de los diez mejores medianos de la historia. Y ellos eran Sugar Ray Leonard, Marvin Hagler, Mano de Piedra Durán y Tommy Hearns. Todos fueron campeones del mundo y Roldán podía ser retador de cualquiera.

Para decantar los cruces y una vez que Leonard venciera a Hearns se esperó a que Hagler le ganara a Durán. Fue así que Martillo esta vez con la corona en juego y por 300.000 dólares– pelearía con el enorme Hagler en el hotel Riviera de Las Vegas el 30 de marzo de 1984 y Monzón como ilustre huésped de la Top Rank, la empresa organizadora.

La despedida la hicieron en la localidad de Quebracho Herrado –pegadito a San Francisco– en el restaurante del matrimonio Priotti: salame y ravioles caseros de inolvidable color y sabor –dignos de un brindis lleno de moderada esperanza-.