Frente a la grave contaminación de los envases de PET, las jícaras y bules están tomando gran auge, luego de ser desplazados por vidrio, plástico y metal, y luego de haber estado por mucho tiempo olvidados, despreciados y semivalorados.

Café caliente o frío, atoles, agua, tejate, chocolate… todas las bebidas son bien recibidas en estos cuencos cuyo uso se remonta a la época prehispánica.

Demián Ortiz Maciel detalla en un artículo para la Fundación Alfredo Harp Helú de Oaxaca que jícara es el más frecuente de los nombres que usamos en nuestro país para referirnos tanto a un tipo de vasijas, como a los frutos con los que se elaboran, y al árbol del cual provienen.

En realidad son dos especies (Crescentia alata y Crescentia cujete) —ambas originarias de las regiones tropicales y semitropicales de México— las que producen los frutos globulares que una vez secos, cortados en dos mitades y vaciados de semillas, son usados como cuencos.

También se llega a dar el mismo nombre a cuencos con forma similar a la de media jícara que son elaborados con frutos de otras plantas como el guaje o bule (Lagenaria sp.).

SERVIR Y COMPARTIR

En muchas de las comunidades oaxaqueñas donde se elaboran bebidas de cacao, las jícaras son utensilios infaltables para preparar, servir y compartir.

Sus formas y tamaños pueden ir de las pequeñas y redondas para una porción individual que se amolda a la mano, a las largas y delgadas que se utilizan para remover y servir la espuma, y a las enormes en cuyo interior se mezclan directamente los ingredientes.

Lo mismo pueden ser jícaras sencillas de un solo uso que otras primorosamente decoradas que se heredan entre generaciones. Aunque aún hay muchos aspectos por indagar sobre la relación a través del tiempo entre jícaras y bebidas de cacao, es posible adelantar algunos aspectos interesantes.

Por ser objetos orgánicos que fácilmente se desintegran con el paso del tiempo, es difícil determinar los orígenes temporales del uso de jícaras como recipientes y su posible uso para bebidas de cacao.

JÍCARA EN TLACOCHAHUAYA

El vocabulario de la lengua zapoteca publicado por fray Juan de Córdova en 1578 registra que en Tlacochahuaya se usaba el término xijca éta nazàa misma que traduce como “xícara llana pintada como de mechuacan” ya que seguramente le parecieron similares a las de esa afamada región productora de laca.

Tres siglos más tarde, el oaxaqueño Manuel Martínez Gracida registró el uso del mismo término en los Valles Centrales bajo la forma xigaguetanazaa para designar a las jícaras pintadas.

Ambos registros nos permiten suponer que las jícaras laqueadas también eran empleadas en la región desde tiempos remotos, aunque no hay certeza de que hayan sido producidas localmente.

A lo largo del siglo XVII, el gusto por las bebidas de cacao se extendió al viejo continente, adaptándose las recetas y algunos utensilios. Hubo un breve periodo en que estuvo de moda servir a los invitados el chocolate en jícaras laqueadas, pero paulatinamente éstas se sustituyeron por cuencos similares elaborados en porcelana, mayólica o plata, a los que se siguió llamando jícaras.

DANZA DE LA PLUMA

Entre las acuarelas comisionadas a finales del siglo XIX por Martínez Gracida para su obra “Los indios oaxaqueños y sus monumentos arqueológicos” se encuentran las ilustraciones de tres jícaras. Las descripciones que las acompañan señalan que dos de ellas son laqueadas (una de Zaachila y la otra de Mazaltepec) y la otra está pintada al óleo y es de Tlacolula.

Esta última está decorada en su interior con imágenes que representan la Danza de la pluma, típica de algunas localidades del Valle de Tlacolula, que incluye la personificación de Cortés y la Malinche, lo que nos lleva a pensar que eran producidas localmente o que al menos se tenía en mente su comercialización en esta región.

En la actualidad seguimos viendo coloridas jícaras usadas para beber tejate que en su mayor parte son elaboradas por personas del estado de Guerrero. La pintura de aceite ha sustituido a otras técnicas y los motivos decorativos se han simplificado, sin embargo el gusto por dar un toque especial a estos recipientes permanece.

Y aún las jícaras simples con sus formas orgánicas, su constitución biodegradable y su elegante sencillez nos recuerdan, rebosantes de sabor y de espuma, una relación que hunde sus raíces en el tiempo.

UTENSILIO PREHISPÁNICO

Las jícaras se obtienen de la parte de abajo del guaje. Algunos ejemplares del fruto son globulares en la parte baja, en la intermedia tienen una “cintura” y terminan en una parte alargada semiglobular; comúnmente a estos guajes se le corta, como ya se dijo, la parte de abajo y se obtiene así una vasija que puede sostenerse fácilmente entre la palma de la mano y los dedos.

La jícara se usaba en tiempos prehispánicos como vaso, y por los contextos en que se le ha localizado –templos, pintura mural, códices, etc.– puede afirmarse que las jícaras decoradas se usaban en rituales efectuados en espacios sagrados.

Con base en la amplia iconografía en la que aparece este objeto, puede afirmarse que su uso era generalizado y no restringido a ámbitos particulares.

En México, la palabra jícara, que es un nahuatlismo y viene de xicalli, es utilizada en el sentido de vaso o recipiente hecha con el fruto de la calabaza o de la güira.

En tiempos prehispánicos, la jícara fue usada también como medida; en los códices se ven jícaras con polvo de oro o de pigmentos junto con los numerales que designan la cantidad que debería ser entregada como tributo al imperio mexica. Como medida la jícara se usó hasta tiempos coloniales.

En algunas partes de México, las jícaras y algunos guajes eran decorados estupendamente con la técnica del maque; hoy en día se pueden ver algunas de esas jícaras en los estados de Michoacán y Oaxaca, entre otros. (Tomado de Enrique Vela, Arqueología Mexicana, Especial 36, La calabaza, el tomate y el frijol, Catálogo).

Se cree que las jícaras, guajes o bules figuraron entre las primeras plantas cultivadas por el hombre porque se han encontrado en sitios arqueológicos que datan de aproximadamente 13,000 años A.C.

IMÁGENES: SILVIA CHAVELA RIVAS